lunes, 4 de marzo de 2013

King para un día lluvioso


Me gustan los días lluviosos porque me acercan sin pudor a la melancolía. Es como si tuviera una disculpa para agazaparme bajo la almohada y hacerle un corte de mangas a todo lo que me disgusta.

En días como éste practico la evasión de la lectura de una forma compulsiva. Pero soy cuidadosa en mi elección. En el batiburrillo de papel que configura mi biblioteca particular (rigurosamente caótica) se agolpan los estados de ánimos sin orden ni concierto. Y en los últimos tiempos la fantasía, la novela gótica y la literatura abiertamente siniestra han llegado a ocupar un lugar de honor, imponiéndose al sesudismo guay con el que trataba de dirigir (entre bostezos, a menudo) mi desarrollo intelectual. El afecto por ese par de estantes de los horrores me lo reservo, lluvia aparte, para cuando el mundo se vuelve feo y es mejor pensar que existen otros que son mejores solo porque no tienen nada que ver con este.



Revisito a Stephen King por todo ello: porque llueve, porque me lo impone mi estado de ánimo y porque significa evasión en estado puro. Sumergida en 22/11/63 vivo el renacimiento del King de sus mejores obras. El reencuentro  con Derry y los ecos de It es la mejor forma de ganarse a un público que ha padecido (con placer malsano) horrores del calibre de Insomnia o El retrato de Rose Madden

Sucede (y lo digo con absoluto conocimiento de causa) que sus novelas transmiten a pesar de todo, buenos sentimientos. Y no importa la oscuridad que se ciñe sobre sus personajes, ni la prevalencia de la muerte, ni siquiera las miserias de la América profunda que King refleja sin compasión. Hay un halo de moralidad sincera que va más allá de los pactos con el diablo, los seres del inframundo, el habitual de Alcohólicos Anónimos y encantadores padres de familia que llevan un revólver cargado en la guantera de su Buick. Me gusta Stephen King porque al final, se sacude la mugre del hombro y, en un solo gesto, se hace la luz. Y eso es mucho decir para quienes venimos de un lugar donde la mierda no sale ni con varios lavados.

PD: Si algún día queréis probar el auténtico terror ahí van dos recomendaciones: “El quinto hijo” de Doris Lessing pero, sobre todo, “Deseo” de Elfriede Jelinek. Dos lecturas de Nobel  que abordan la oscuridad hasta extremos insoportables…

lunes, 19 de noviembre de 2012

Citas que ya no conmueven


Vivimos en la era de las citas. Filósofos de hoy y de siempre escupen su saber universal en un puñado de frases que invaden, cual peste existencial, muros de Facebook, cuentas de Twitter y variados modelos de ppt de cuestionable gusto.  Si las atribuciones no fueran tan dudosas, las que son certeras tan manidas y las presentaciones tan condenadamente horribles, quizá yo misma me vería tentada de erigirme en acólita de un Jorge Bucay como cualquier otro y proclamar el optimismo de vivir, a pesar de la vida misma, allá donde las palabras me lleven.

Hubo unos años en los que yo recolectaba citas en un cuaderno de papel (oh, cruel nostalgia) buscando en ellos paliar esa desazón adolescente de sentirse único. Pero en su vertiente online, mucho menos íntima, la demanda ha hecho crecer como setas en otoño esas frases grandilocuentes que García Márquez jamás escribió, esas otras (simplistas) que Paulo Coelho rubrica sabedor de que se propagarán hasta la saciedad, y, de guarnición, unos horrípidos unicornios que triunfaron como paradigma de la inspiración New Age.

Me refiero a algo como esto:




No sé por qué cada vez que leo una cita veo unicornios, pero me lo haré mirar. Aunque me gusta todavía menos ver el color anímico de quien lo postea a pecho descubierto. Da como pudor...


lunes, 8 de octubre de 2012

Glamourama

Queridísimo L.:


Han pasado ya varios días desde mi breve incursión en el mundo de los seguros. Decidí, aquella misma noche, que deambular por Madrid bajo la lluvia y ver películas francesas no era una actitud madura, por mucho que el cine europeo se empeñe en exaltar los sinsentidos de la existencia a base de cielos melancólicos, diálogos de cigarrillo y largos paseos por urbes decadentes. No quería hacer de mi vida un guión de Costa-Gavras. Ni siquiera de Bertolucci, aunque la vida sexual de sus personajes me resulte tentadora.

Pues bien: después de escribir, aquel día, mi propio guión (con su lluvia y su paseo y sus locales decadentes) decidí hurgar en Infojobs en busca de nuevas miras. Glamourama S.L. contestó a mis súplicas (enviar un currículo siempre lo es, como tú dices) aquella misma mañana. Te ahorraré el procedimiento: apenas una semana más tarde entré por la puerta grande de una sofisticada tienda, impoluta hasta el extremo. ¡Tan delicada!  Y perfumada. Y cara. La encargada, una rubia raquítica, ataviada con un blanco vestido que destacaba su piel tostada, me hizo entrega de unos pantalones de lana fría, ideales para el verano de Madrid.
 
-          -  Creo que me van a estar grandes- osé decir-.
-         - No, no te están grandes. Son así – amenazó, cortante, desde el sufrido altar de su anorexia-.
-         -  ¿Y la americana también me la tengo que poner? Hace un poco de calor y si tengo que estar moviénd…
-          - Son las normas. Las normas no las pongo yo, pero hay que cumplirlas.

Yo pensé: “Zorra”. Pero sólo dije: “Fenomenal”. Y así han transcurrido ya varios días. Mi osadía se diluye alarmando camisetas durante horas, o colocando cajas de zapatos a diez metros del suelo, en la apacible soledad del almacén. Y cuando estoy en caja, una cámara vigila mis movimientos, L.,  como un ojo acusador que me grita “ladrona, ladrona, ladrona”. El ojo acusador vigila también a la Abeja Reina en su taconeo, por mucho que ella se pavonee con las clientas famosas, como si fuera la dueña de este tinglado. Yo la miro y pienso: “Eres idiota”. Ella me mira y susurra: “No te apoyes en la vitrina. La espalda recta. Te lo digo todos los días. Queda fatal”.



Las clientas ignoran mi existencia pues soy sólo una parte más del mobiliario y, cuando me necesitan, hacen un gesto con la mano. Me acerco, erguida (como no), con paso ligero y mi sonrisa caballuna en todo su esplendor.

-        -   ¿Necesita que le ayude con algo (imbécil)?
-      -     ¿Tienes los peep toes azules en el 39 (basura)?
-        -   Ahora mismo se los busco (y ojalá te partas el tobillo con ellos, desgraciada).

Y así transcurren mis días, querido L. No tengo muchas batallas que narrar, tal vez mi triunfo personal sea que mantengo mi autoestima a pesar de que mis uñas están mal pintadas, mi maquillaje es insuficiente y tengo mala cara. O eso dice Abeja Reina, que exuda belleza por todos sus poros. Lo que tengo es mala hostia después de seis horas sin fumar, entiéndeme. Yo soy muy de cigarrillos. Con o sin diálogos. Pero Abeja Reina no me concede cinco minutos de gracia. Abeja Reina me provoca odio y lástima. Siempre he sido de sentimientos encontrados, L., tú lo sabes bien, así que no sabría decirte cuál de los dos predomina. Es más lástima cuando observo las faltas de ortografía en las notas hirientes que deja a sus empleados en el corcho de la trastienda, tratando de adsorber nuestra moral. Y más odio cuando la clienta siempre tiene razón, por mucho que esa clienta sea una palurda maleducada y se empeñe en reventar la talla 40, que dejó de usar en el 94.

Hoy he tenido mi primer encontronazo con una de ellas. He salido airosa, he de decir, aunque la hubiera degollado allí mismo para que dejara de gritar como una condenada loca. Por mucho menos han estallado revoluciones.



Íntimamente, estoy satisfecha. Porque finjo bien que me interesa que este bolso se llame bowling, este city y este doctor bag, y acepto de buen grado que ahora sea trendy combinar el negro y el azul marino. Y cuando llego a casa y me doy una ducha para quitarme el olor dulzón del jodido flus flus con el que tengo que perfumar el interior de las bolsas después de doblar y envolver en papel de seda tanta prenda y tanta leche, tengo la mente en blanco. Soy libre de preocupaciones. Admiro el entusiasmo de quienes hacen horas extra y aceptan de buen grado los aguijonazos de Abeja Reina. Pero yo soy una Abeja Chunga. Y las abejas chungas cumplimos escrupulosamente nuestro cometido mientras nos cagamos en la madre que parió a Abeja Reina y a las señoronas que nos visitan casi cada mañana, puntualmente, y que no tienen mejor ocupación que gastarse los cuartos de un marido que las desprecia. Y, aunque lo hagamos en silencio, se nos nota.

Supongo que no me van a renovar, L. así que creo que voy a abandonar, antes de pasar por semejante humillación. Cerrar etapa. Nada nuevo en la perpetua ceremonia del adiós.  Esta vez no hay paseo bajo la tormenta ni cine francés. Pero sí observo, pensativa, la noche sobre los tejados, a través de la ventana abierta. Tengo un café humeante en una mano y enciendo un cigarrillo. Sabes que me cuesta mucho resistirme a un buen encuadre. Y con esta escena (y la voz de Aznavour desplazándose, sinuosa, entre estas cuatro minúsculas paredes) mi dolor tiene hasta algo de épico, ¿no crees? Al menos es estético.

Esperando tus noticias y tus muy apreciados consejos, se despide, con cariño,

R.

PD: Una vez más: ¿por qué no le das una oportunidad al correo electrónico?

sábado, 6 de octubre de 2012

Desesperación S.A.

Querido L:


Hoy ha sido mi primer día de trabajo, después de una búsqueda imposible de varios meses.  Me he vestido y maquillado, he cogido el metro y me he encaminado, ufana, Castellana abajo, hasta casi el Bernabeu. Al llegar al edificio, he mirado hacia arriba, intentando atisbar tras sus ventanas un futuro prometedor. Pero en ellas solo se reflejaba el cielo encapotado de este lluvioso lunes de julio. Dos ridículos arbustos, agonizantes, franqueaban la puerta en un intento absurdo de embellecer la fachada, que debió de tener algo parecido al lustre allá por los años setenta. Tres jóvenes trajeados fumaban y reían en la entrada. No tenían pinta, L., de ejecutivos de éxito, ni siquiera de abogados de tres al cuarto: parecían vendedores de lavadoras en horas bajas, y la escena me ha resultado un poco deprimente.

Me he encaminado al interior del portal, de rancios dorados. Un portero sombrío ha levantado sus ojos con desgana unos segundos y los ha vuelto a posar en un periódico manoseado, así que he decidido valerme por mí misma  y buscar la ubicación de la oficina en un inmenso cartel mellado, salpicado de logos imposibles. Seguros Desesperación S.A., cuarto izquierda.

Al tercer timbrazo, una rubia descomunal de rojísimos labios ha abierto la puerta con ceremoniosa lentitud y me ha franqueado el paso hasta el mismo centro del paraíso. Un paraíso de moqueta desvaída, azul y triste, con paredes grises y un zumbido asmático de aire acondicionado. He escrutado su rostro mientras me explicaba, agazapada en su falsa sonrisa , las virtudes de la venta telefónica. No sé qué edad puede tener (haría falta una exploración arqueológica bajo su capa de maquillaje) pero no más de treinta y cinco. Me ha tendido un contrato, lo he rubricado con un entusiasmo de saldo y me ha conducido a un pequeño locutorio, con vistas al patio interior, y donde el ruido del aire acondicionado alcanzaba ya niveles grotescos. Mi puesto de trabajo consistía en una mesa marrón, un teléfono y una inmensa guía telefónica. También me han dado un bolígrafo, una libreta y un subrayador rosa. Menos mal que no era naranja, eso habría sido el colmo, L., tú sabes cuánto odio el color naranja.



He realizado exactamente diecisiete llamadas en cuarenta y tres minutos. En once de ellas apenas he podido pronunciar tres o cuatro palabras antes de oír un chasquido al otro lado de la línea. En tres se han excusado educadamente. En otras dos se han excusado muy poco educadamente. Y una tercera ha culminado con un “Vete a tomar por culo, que estoy hasta los cojones de que estéis dando el coñazo a todas las putas horas”. Bien, creo que esta última me ha convencido de que mis días en la venta de seguros telefónicos han terminado. Ha sido una carrera breve y trágicamente frustrada, pero uno debe aceptar que así son las etapas y yo estoy bien entrenada en esto del adiós. Así  que me he dirigido a la rubia de labios rojos (echaré de menos su sonrisa exultante sin razón de ser) y me he despedido.

En la calle, el cielo encapotado era ya una tormenta de verano, rabiosa y descomunal. Pero yo, L., necesitaba caminar y pensar. Así que he desandado Castellana, he torcido a la derecha por Raimundo Fernández Villaverde, a la izquierda por Modesto Lafuente (donde he comprado un sándwich y un par de plátanos en una tienda latina), a la derecha Martínez Campos, y he seguido caminando hasta Quevedo, y de Quevedo a Bilbao, y de Bilbao hasta Alberto Aguilera, y he girado a la izquierda en Serrano Joven, y he caminado Princesa abajo hasta Martín de los Heros. En este punto estaba ya tan completamente calada, que la ropa me pesaba sobre el cuerpo y se me escurrían los pies de las sandalias, así que he decidido entrar a ver una película francesa. He pagado mi entrada y me he refugiado de la lluvia en la oscuridad de la butaca.

 El argumento empieza con una mujer que deja su trabajo en París, vende todas sus cosas, se corta el pelo y viaja a Italia. Y luego sigue vendiéndolo todo hasta que no le queda más que la ropa que lleva puesta (bastante fea, por cierto) y una mochila y se va andando por caminos de cabras y carreteras costeras hasta que llega a una casa, y se queda en ella, y aparece la vecina, que es una chica joven, guapa y lesbiana, y un chico joven, al que no le importa que la guapa sea lesbiana y la francesa cincuentona, porque se enrollan entre los tres y tan ricamente.  Y sin diálogo. No hay diálogo en todo el metraje.



Así que, tras una mañana aciaga, el remate perfecto ha sido una película sin argumento a las cuatro de la tarde. La clase de película en la que esperas que pase algo durante 150 minutos y lo único que pasa es que se acaba y tú te quedas con cara de gilipollas. Como esta carta. La clase de película (y de carta) que uno escribe a la hora de la siesta sólo para matar el rato.

He de decir que la película francesa culmina con la protagonista subida sobre un promontorio con la hierba ondeando a sus pies y un perfecto mar al fondo. Yo he querido pensar que era una evocación de los placeres sencillos y no una rotunda tomadura de pelo. Quizás tú también le encuentres algún sentido elevado a esta misiva y no me odies por hacerte perder el tiempo, pero créeme que necesitaba dejar constancia de este primer y último día de trabajo de venta telefónica en Seguros Desesperación S.A.

Tuya, que te quiere,
R.

martes, 2 de octubre de 2012

Zara. Una oda otoñal

Fin de semana de ruina anímica y la maquinaria de la cotidianidad me levanta la moral como si la rutina fuera un condimento digno para la felicidad. No lo es. Quizá sea sano, pero insuficiente. De todas formas - me consuelo- el otoño es así: se tiñe de ocre el paisaje (imagino, en este Madrid, desolado paisaje de antenas y de cables), se desempolvan botas y abrigos, los días son más cortos y la vida más puta, porque el verano (el próximo) está tan lejos que parece irreal. La cínica que vive en mí aún llora con nostalgia la época estival, tan cerca y tan lejos, con sus playas doradas y su rica desnudez, como si fuera ésta la única escapatoria para los que consideramos que la auténtica autorrealización está en hacer lo que a uno le da la gana en cada minuto, como un Grimaldi de la vida, o sea, un ni-ni, pero con glamour.

Convivo mal con mis anhelos, porque la realidad me los devuelve con un tortazo en la cara. Y como soy pesimista, otoño significa bajón. Y, como soy hedonista, vivo y olvido. Y, como soy consumista, compro compulsivamente y relleno mi vacío existencial con trapillos de tres al cuarto que apaciguan mis pretensiones de una vida de glamour con un sentimiento que, remotamente, se parece a la satisfacción. La brevedad de este amago de felicidad malsana alivia mi cinismo, o lo alimenta, qué sé yo. Y así no pienso en la dosis de realidad que me aguarda, gota a gota, de aquí al próximo agosto.

A veces (muchas veces) ocurre eso. Que gastamos por aburrimiento. Que buscamos esa emoción de querer y poder tener. Aunque sea una falda de polipiel. La deseo, la pago. La felicidad a 29,95 euros. Todo un chollo. Aunque sea una felicidad superflua que pierde su brillo tras dos o tres puestas. La clase de felicidad que se abandona en el fondo del armario.



Y aún sabiéndolo, este fin de semana, me he dejado arropar por esa felicidad de centro comercial, y he aliviado este sentir otoñal con la estrecha calidez de un probador y he sido feliz, a mi burda manera. Pero ocurre que, después, hurgando en el trastero en busca de panas y lanas, he tropezado con la vieja caja donde todos guardamos los anhelos más íntimos, aquellos que brillan más porque son esquivos y porque no se pueden alcanzar a golpe de tarjeta de crédito. Y he querido creer que los ricos no son más felices, porque tampoco ellos pueden comprarlos, aunque su vida sea un verano perpetuo de playas doradas y no tengan que esperar al próximo agosto.

Pero soy una cínica. Y los cínicos no creen en cuentos. Creen en Inditex. Y en la santa nómina a fin de mes. Y aguardan el verano destilando la realidad. Emborrachándose con ella. Brindando con risas por la puta vida. Y bebiéndosela. Bebiendo a grandes sorbos a fin de cuentas...




lunes, 17 de septiembre de 2012

La dimisión de Esperanza: un "homenaje" desde el rencor y la nostalgia

Dimite Esperanza Aguirre y yo brindo con cerveza por el fin de una era. Sé que su séquito impondrá el continuismo (al menos, antes de caer devorados por más vastas maquinarias...) pero como soy de buen conformar, con no ver ni oír, me doy por satisfecha.

Esperanza Aguirre ha sido una sorpresa constante: desde las colosales meteduras de pata en su época al frente del Ministerio de Cultura (y ese CQC que la encumbró a  la gloria, a su pesar, pero también a pesar de todo) hasta su aterrizaje en la Comunidad de Madrid, donde parecía una broma de mal gusto que la sucesora del Dios Ra (o Ga) fuera una señorona de buena familia que no parecía andar sobrada de luces y que se alzó con la Presidencia de una forma, cuanto menos, dudosa.

Obviamente nos equivocamos: Esperanza Aguirre estuvo desde el minuto uno a la altura de las circunstancias a base de populismo ranciote y mucha mano de hierro. Viví en Telemadrid el traspaso de poderes y contemplé impasible el avance de la carcoma. Amante de la adulación, fue poblando de estómagos agradecidos un ente herido de muerte. Así, a la desidia de muchos, se le sumó un tropel de personajillos de miseria, dispuestos a todo por la más leve migaja del pastel.

No sé si lo que decían lo pensaban verdaderamente, o si lo que pensaban lo mentarían en voz alta al menos a solas consigo mismos por eso de aliviar la conciencia, pero al recordar, sólo permanece vívida una metáfora visual de lo más elocuente: una jauría de perros arrancando a mordiscos todo a su paso y dispuestos a ser azotados con tal de pegar un  lametón al hueso suculento del poder y la gloria. Era aquella la época dorada de la Espe, cuando Virginia Drake publicaba "La Presidenta", una biografía complaciente cuyo título sugería miras más altas...



Como soy humana (y además autoindulgente) no me importa reconocer que hablo desde el rencor más absoluto. Y a mucha honra. Mi desvelos en el turno de noche o las experiencias (buenas y malas) vividas allí a lo largo de seis largos años no me nublaron, sin embargo, la razón. Tenga uno la ideología que tenga, es de elemental sentido común que la redifusión en radio de un programa de televisión es una idea surrealista; que desde un punto de vista estrictamente audiovisual Curri Valenzuela fue una elección inquietante; y que las peleas de gallo cúpula- sindicatos/ sindicatos- cúpula en la copa de Navidad al modo barriobajerismo patrio no son un síntoma de un ambiente laboral saludable.


Por todo ello, para mí Esperanza Aguirre significa mucho del Telemadrid bajo su mandato. Y cuando observo, ya sin sorpresa ninguna, el desembarco de muchos acólitos en mejores puertos ante el inminente hundimiento, pienso en capitanes y ratas, y en ratas y capitanes. Y en la estela de huérfanos que abandona a su suerte. Lástima...

Y aquí lo dejo, que me estoy indigestando con tanta libertad de expresión...(ahora que puedo, ¡ja!)

lunes, 10 de septiembre de 2012

Grey :el (no) morbo de saldo es para el verano

El verano que termina tiene nombre de amor y no de sexo. Se llama Grey, y protagoniza una trilogía que se ha convertido en compañera inseparable de infinidad de mujeres. “Cincuenta sombras de Grey” asoma aquí y allá en bolsos ajenos, toallas de playa, lecturas de metro o cajones de oficina. El libro, promete, “te obsesionará, te poseerá y quedará para siempre en tu memoria”. He de decir que, en mi caso, la obsesión se transformó en estupor, la posesión en supremo aburrimiento y que en mi memoria perdura lo justo. Fracaso total ante una lectora que se vanagloria de ser fan absoluta de la literatura popular, la literatura barata y, por supuesto, la literatura francamente mala.


Opina mi amiga Coco que lo peor es cuando Grey (que es rico, guapo, brillante y aficionado al sado) le dice a Anastasia (una loser de libro- Coco dixit, ensañándose como sólo ella sabe-):  "Te doy una moneda por tus pensamientos”.  Este lenguaje de conquistador barato es sin duda sintomático de la impresión general que produce el libro: que ha sido escrito por una quinceañera idiota. Christian Grey encarna todos los anhelos de adolescencia que las mujeres nos resistimos a abandonar (es detallista, nos hace sufrir pero sólo lo justo, significa la promesa de una vida mejor, es guapo y posee una mente privilegiada), y Anastasia Steel representa  aquellos valores que las féminas consideramos admirables y los hombres no tanto, es decir, esa mujer de la que se enamoran porque es culta, inteligente, posee una personalidad propia y firmes convicciones morales, aunque no está dotada de un físico espectacular.



El amado Grey siempre lleva condón el bolsillo, renuncia a sus costumbres desviadas (¿?) por el sexo tierno del amor más puro (¡ay!) y la colma de regalos y atenciones.

La decepción ante “Cincuenta sombras de Grey” no sería tal si nos lo hubieran vendido como lo que es: un novelita romántica al uso. Ocurre que la promesa de morbo se va amortiguando página a página, esperando una gloriosa escena final en la habitación roja del dolor, sin que ésta llegue a producirse.  

Quizá seamos nosotras las desviadas, pero yo creo que el morbo no nace precisamente de la fantasía edulcorada, sino de etimología pura del propio sustantivo:  la fantasía enferma de los deseos prohibidos. Y en esa línea, lecturas de antaño, como “La vida sexual de Catherine M.”, “Los cien golpes” de Melissa P. , y por supuesto, “Las edades de Lulú”, son una forma mejor de condimentar con un poco de escándalo la obligada (y a veces tan tediosa) rectitud de nuestras vidas.